Notas sobre el verbo

La poesía exorciza el lenguaje de los maleficios con que lo ha embrujado la inteligencia.
La poesía, como dicen los alemanes –Dichtung- es condensación.
Lo que no enseña el silencio no vale la pena ser aprendido.
Por lo mismo que la poesía se establece sobre la ambigüedad sistemática, su lógica no es la del lenguaje corriente.
La poesía nunca nos lleva a un sitio determinado, nos conduce a un sitio inesperado.
La poesía evita el capricho, la simple elaboración mental o la fantasía.
En un mundo de dormidos el despierto es por desgracia muy incómodo.
La descarga interior que produce la poesía logra una liberación que el poeta mismo no alcanza, pero sí el lector atento.
Por su propia naturaleza la moda es lo que cambia. Es necesario ser original para instalarse con éxito en ella, por esto es la originalidad, casi siempre, la deslumbrante mentira del momento. Tantos poemas célebres de hoy, se pudren con el paso de unos pocos años.
Eres poeta no cuando seas dueño de las palabras sino cuando ellas se adueñen de ti.
Sin el efecto explosivo que conmueve zonas inesperadas de la conciencia, los versos no son más que prosa escalonada.
Es claro que la poesía y arte modernos fueron generados por los demonios de la lujuria y de la soledad que desató la depravación romántica.
Paul Claudel y Saint-John Perse son casos patéticos de poetas convertidos en burócratas. Creo imposible que pueda suceder lo contrario.
Qué aire terrible de indefenso tiene aquel que no piensa en la muerte. “La sabiduría es una meditación de la muerte” dijo el poeta griego.
A un poeta no se le puede juzgar por su alma sino por sus poemas.
Hay que desconfiar de los críticos cuando hablan de poesía lo mismo que cuando hablan de amor los médicos viejos y los viudos.
La auténtica poesía nunca fue hecha para ser leída sino para ser releída.
La poesía se encuentra siempre en el anverso del engaño que hemos venido acumulando a lo largo de siglos sobre las palabras.
Nunca es más evidente la fealdad que en los malos versos.

Gaceta,
Bogotá, n° 30, octubre de 1995.

Fernando Arbeláez

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