El viejo de la ciudad
"Cuesta mucho luchar contra los deseos del corazón:
todo lo que quiere obtener lo compara al precio del alma".
Heráclito de Efeso
Una muralla y otra hasta colgar del cielo
sobre tu corazón la corona que encierra
el doble puerto, los lagos salobres, las calles
confusas con sus túmulos del tiempo, los escombros
donde sólo quedan las inscripciones del invencible Diocleciano,
la columna de Pompeyo, unas piedras de la Biblioteca,
los muelles con sus lentas cargas de cebolla y algodón.
Cierras los ojos y las cosas se abren para ti
tu corazón mal amado hace brotar relicarios, rostros,
esmaltes, ramos de jacintos, la estatua de basalto
que hizo erigir Ptolomeo Filadelfo y el espejo mágico
de su Faro, el delicado rumor de la colina de los tilos
el sacro precinto que cada día se va corriendo sobre el alma
y, más dentro, las termas deleitosas, las crónicas de Ana Comnena
las pequeñas intrigas de las familias imperiales, el estuche
elegante de tu otra Roma con sus reyes silenciosos y tristes.
Te invade el olor metálico de la Ciudad, las ruinas sombrías
de tu vida, los goces fatales de la calle Anastasi
los muchachos destruidos por el sufrimiento y las baratas complacencias,
los ojos murmurantes que señalan al viejo vicioso buscando
hechizado la presión de una mano en las salas de billar
transfiguradas por las lámparas de petróleo, el súbito contacto
en las mesas del chaquete o en los cuartos de lance
en cuyas puertas las rameras sirias lucen sus juegos de abalorios.
Vienes del tercer círculo de riego en donde sólo conocen
tu rostro de niño envejecido, tu habilidad para las lenguas;
de tu vida puntillosa despachando correspondencia;
de los ingleses que te mantienen a distancia, asediado
por la tiranía de una fiebre inmemorial, con toda el alma
concentrada en la piel, en la avidez de ese movimiento
como una planta carnívora, la joya sonámbula
de una mirada cómplice, el lecho voluptuoso
donde el capricho pasajero te entregó tantas veces
el doloroso poema para un efebo muerto,
la oscura resonancia del deseo, el reprochado espejo
mudable siempre, la asombrosa imagen inmortal
a cambio de unas pobres monedas. Mas tú buscabas
el anverso del instante, la proliferación del espíritu
en los sentidos atentos y esa separación que cada vez se repite
pues el tiempo se cuenta por los cuerpos amados
y las bellas bocas ávidas, y la única libertad
de que gozamos está en los miembros fuertes
dispuestos al placer, los jadeos, las fatigas dichosas,
las memorias espléndidas, la curiosidad exaltada, la intimidad
que a través del poema nos hace esclavos para siempre.
La premonición del escándalo te lleva de nuevo a la calle Fuad,
a la vía Canóptica, a la gran Cornisa, a los alrededores
del Cecil, a la plaza donde Conón arrancó del cielo
la Cabellera de Berenice, a la esquina donde Arrio
sufrió su último ataque de epilepsia. Ahora
la herida del sexo se ha vuelto una con tu fantasía,
con las trágicas gemas, la indispensable palabra,
y surge de tu oscuridad el rostro que deslumbra
tu sabia ternura visitada por las glorias de la muerte.
Tú sabes sin embargo, infortunado, que nada es cierto: los diamantes
y las sedas no valen más que un yambo. El aire escéptico
de la Ciudad con sus arenas violetas ilumina de repente
tus amores miserables, el culto antiguo de tu raza disoluta
golpeada por la pobreza, la fácil lascivia de las tabernas,
los amigos sospechosos y ardientes. —Aquí yació un tiempo
el cuerpo del gran Alejandro bajo el cristal solitario
en el sótano de una trastienda—. Un viento que viene del Mareotis
barre el polvo de la difícil inscripción en tu hermosa lengua
muerta y recuerdas al Tracio con su lira enlutada:
"La ironía de los dioses somete los seres inmortales
a las simples miserias de los mortales". Ávidamente
saboreas entonces el orgullo voluptuoso de tu fracaso.
Fernando Arbeláez
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