I
Yo elaboro
yo abro mis palabras para que tengan un sentido.
Y cierro mi silencio
con puntas sumergidas en olvidos lejanos
en oscuros olvidos de muerte y de tristeza.
Camino lentamente, y oigo
el susurrar del agua, el abrirse, nocturno
de un ramo de amargura
entre los largos brazos de un amante callado.
A mí todo me toca,
me estremece, me sumerge, me vuelca,
me, trasmuta en mí mismo, en mi nostalgia.
Tantas ebrias cisternas
rondan mi corazón de estériles murmullos,
De tan frágiles gritos,
de tan lentas distancias;
Tantas palabras tuyas me persiguen sin verme
me cercan sin saberme.
Estoy ciego de verte:
ciego de luces tenebrosas y nocturnos sentidos,
ciego de estar mirando las cosas dulcemente.
Una siniestra esquina de pesado silencio,
un lúgubre lucero prendido de la muerte,
un estival murciélago de terribles delicias
me llevan delirantes hasta tu seno oculto.
Indómitos deseos golpean en mis uñas
de dolientes noticias. Y estoy ciego sin verte
ciego viéndote nunca
ciego dentro de mí, lejano y sin orillas.
II
Esta calle resuena como un beso lejano
como una caricia no hecha,
como una larga marcha de pasos destruidos,
como un olvido muerto borrado en la distancia.
Esta calle tiene un color de muerte,
Un oculto color de desespero.
Su voz se pierde en las esquinas
Corno un agua marchita.
Como un eco que oculta su rostro dulcemente.
Todas las flores muertas llegan a sus orillas
quemadas del invierno
olas inquebrantables con su yerta ceniza,
golpean en su viento,
en el borroso izar de manos abolidas,
que nos hacen señales desde el fondo del tiempo.
Esta calle
lleva mi corazón con su largo sudario,
como un ciego ataúd perdido entre la niebla,
como una campanada o un sonido de hueso
Repetido en la sombra,
como un lento suspiro
guardado entre el antiguo pañuelo de las lágrimas.
III
Me quedo aquí esperando a que llegue tu nombre
como al final del tiempo,
sediento de mirarte, sediento de estar solo,
muerto en mitad del cielo.
Me quedo aquí mirando tu mirada,
entre el libro que escucha mi corazón atento,
con un vuelo que enciende la ceniza en mis manos,
ciega ceniza del desvelo.
Me quedo aquí sentado, escuchando tu nombre,
que me regresa de muy lejos.
IV
Mi corazón tiene el viejo sonido de las cosas
cuando tú llegas y golpeas en él,
responde mansamente
con aquellas voces que sabes
que conoces desde siempre
desde el agua y las rosas
o desde el silencio que cercan
los clamorosos pájaros de tu fiebre.
El sonido eres tú, eras tú,
serás hasta nunca en la sombra:
con tu dulce metal resonante en el viento.
Tu boca que no habla,
tu sonrisa de niebla,
tu leve día donde crece el árbol del olvido.
Mira esas flores
esas raíces del perfume
esa cálida brisa que golpea en las hojas.
Mira el mar y mis olas
dormidas en los párpados;
mira esta tierna espuma
que llena las distancias de inocente dulzura.
Mira mi corazón
resonar en tus manos atadas a la noche
de negrísimo fuego que construyen tus ojos.
V
Con mi silencio espero que el humo
de los buques me lleve;
que un polen de ceniza me disperse en el sueño
y que las barcas vengan conmigo
a esta ráfaga oculta,
a este silencioso sonido,
para morir entre las espadas del mar.
Me quedo aquí entre los girones de naranja
de la tarde,
y el betún que enciende todas las cosas,
y el agrio olor que golpea la brisa
como un ángel enfermo
que viniera a morir en mis manos.
El mar se mete por entre los mástiles
y moja mis pies
y se pierde en mi boca
y la interminable arena muerde sus lanzas de sal
y su cuerpo de nilón oscuro
y su sexual jadeo entre las fiestas de la noche.
Buenos Aires, 1952.
Mito, n° 7, año
II, Bogotá, Abril-Mayo 1956.
Fernando Arbeláez
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