Una generación

desencantada

1970 - 1984

En mil novecientos setenta y cuatro murió Aurelio Arturo, casi en el momento que el Banco de Colombia publicaba la Antología crítica de la poesía colombiana (1874-1974) de Andrés Holguín. Arturo, que moría ignorado, fue uno de los más notables poetas de entreguerras y el paradigma de la insania político-poética a que son sometidos los que mereciendo la gloria no condescienden a la zalema y menos, a la corrupción, como gradería hacia la eternidad. Andrés Holguín, que admiraba en silencio a Arturo y percibía el aprecio que los jóvenes sentían por su obra, temiendo las iras de Eduardo Carranza apenas atinó a decir que moría “uno de los más importantes poetas”, mientras el bardo de Apiay era “uno de los temperamentos mas poéticos que ha tenido el país” y “el más admirable caso de una vida consagrada, por entero, a la poesía, con un fervor incomparable”. Hoy sabemos que fue todo lo contrario. Quien dedicó su vida a la poesía fue Arturo, mientras Carranza mendigaba prebendas de los poderosos, en especial de los mayores enemigos de la lírica, los fascistas de entonces. Como sucede con los gerentes de banco, que pierden todo poder al retirarse del cargo, con su muerte, desapareció su prestigio.

 La miscelánea de Holguín celebró cien años de capitalismo canonizando sesenta y cinco poetas, dieciocho de los cuales fueron agrupados bajo el lema: Los últimos poetas. Entre ellos:

 

1937 José Manuel Arango

1939 Giovanni Quessep

1942 Elkin Restrepo

1942 José Manuel Crespo

1945 Harold Alvarado Tenorio

1945 Luís Aguilera

1945 María Mercedes Carranza

1948 JG Cobo Borda

 A los que habría que agregar, hoy, necesariamente, si quisiéramos un panorama nada estrecho en ideologías, estéticas o textos memorables, nombres como:

1935 Darío Ruiz Gómez

1936 José Pubén

1937 Nicolás Suescun

1939 Alberto Rodríguez Cifuentes[1]

1940 Cecilia Balcázar de Bucher

1941 Nelson Osorio Marín

1943 Armando Orozco Tovar[2]

1943 Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard

1945 Raúl Gómez Jattin

1949 Jaime Manrique Ardila

 Cuyos primeros, y/o más significativos libros fueron apareciendo así, en medio del ruido del Nadaísmo:

1970 Poemas /Luís Aguilera, [Funza, 1945]
1972 Duración y leyenda /Giovanni Quessep, [San Onofre, 1939]
1972 Pensamientos de un hombre llegado el invierno/Harold Alvarado Tenorio, [Buga, 1945]
1972 Vainas y otros poemas/María Mercedes Carranza, [Bogotá, 1945-2003]
1973 La sombra de otros lugares /Elkin Restrepo [Medellín, 1942]
1973 Adoración del fuego/José Manuel Crespo [Ciénaga, 1944]
1973 En este lugar de la noche /José Manuel Arango, [Medellín, 1937-2002]
1973 Los días como rostros/ Alberto Rodríguez Cifuentes, [Cartago, 1939-1976]
1974 Consejos para sobrevivir /JG Cobo Borda [Bogotá, 1948]
1974 Señales en el techo de la casa/ Darío Ruiz Gómez, [Anorí, 1935]
1976 Al pie de las letras/ Nelson Osorio Marín, [Calarcá, 1941-1997]
1976 Los adoradores de la luna/ Jaime Manrique Ardila, [Barranquilla, 1949]
1977 M, n, ñ…/José Pubén, (José Jahir Castaño) [Punta Ladrillo, 1936-1997]
1980 Asumir el tiempo/ Armando Orozco Tovar, [Bogotá, 1943]
1984 Cuaderno de hacer cuentas/ Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard, [Bogotá, 1943-1974]
1986 La vida es/ Nicolás Suescun, [Bogotá, 1937]
1987 La máquina mítica/ Cecilia Balcázar de Bucher, [Cali, 1940]
1988 Tríptico cereteano/ Raúl Gómez Jattin, [Cereté, 1945-1997]

Un grupo que ha recibido varias denominaciones desde el día que el periodista Álvaro Burgos, por desidia o cachondeo, llamó Una generación busca su nombre,  una página[3] donde estaban todos menos los que debían estar. Desde entonces, varios de los inmortales de ese tiempo han procurado dar contenido y perfil al grupo, hasta que, en otro golpe de suerte, alguien les tildó desencantados ante la monserga y patanería de los Nadaístas.

 

 Cuando Augusto Comte habló de Generaciones sugirió treinta años  para cada lapso, tal como Pedro Henríquez Ureña diseñó las Corrientes literarias en la América Hispánica (1941) a partir de sus lecturas de Ortega y Gasset, para quien la vida se divide en cinco edades de 15 años cada una, en las cuales, dependiendo del momento y lugar, un individuo compartiría con otros herencia cultural, fecha de nacimiento, ciertos factores educativos, una comunidad de intereses y lazos personales, experiencias, la presencia de un líder y un lenguaje común  mientras experimenta el anquilosamiento de la generación anterior. Pero lo cierto es que por ser una clasificación ajena a los individuos que pretende ordenar, para ser remotamente ciertas, respecto de las ideologías y las artes, debe contar con la conciencia –individual o colectiva– de que esas mismas cosas estaban sucediendo a sus integrantes. Lo que nos lleva a Guillermo de Torre cuando sostiene que una generación es un conglomerado de espíritus que en un momento dado se expresan de manera unánime respecto de ciertos asuntos, ya para afirmarlos, ya para negarlos, así no hayan nacido en los mismos años, pero sí aparecido en los mismos momentos, sea con libros, revistas, manifiestos, proclamas,  etc., lo que han llamado Zeitgeist, el espíritu, el aire del tiempo, la atmósfera de una época, de los que nadie se libra y todos recuerdan. Y en nuestro caso, no hubo otro, para más o para menos, que Mayo de 1968, año y mes del inicio del siglo XXI.

 

 En Colombia el Siglo XX habría terminado[4] con la creación del Frente Nacional, el invento político de Alberto Lleras Camargo para continuar ejerciendo un poder, en nombre de la democracia, que había venido profesando desde el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, cuando solapadamente abortó todas las posibilidades de avance y cambio en un país que seguía viviendo, al final de la I Guerra Mundial, en la Edad Media. “Tíbet de Suramérica” se le llamaría más tarde.

 

 Terminada la Guerra de los Mil Días el país vivió, hasta la caída del partido liberal, durante el segundo gobierno de López Pumarejo, de la mano de Alberto Lleras Camargo, una relativa y extensa prosperidad que vino a resquebrajarse bajo los gobiernos de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Gustavo Rojas Pinilla. Y aun cuando los gobiernos militares, los caudillos y el populismo no hayan prosperado aquí como en otras naciones del continente y el analfabetismo haya decrecido del 58 a comienzos del siglo pasado a un 7% de hoy, cuando la página mejor leída del principal diario nacional es la de ortografía, nadie influyó más con su ideología y poder que ese aparente demócrata, que hizo de Colombia una nación corrupta y criminal.

 

En ambos gobiernos –escribió con implacable clarividencia Gabriel García Márquez siete años después de su muerte -cumplió Alberto Lleras su destino ineludible de componedor de entuertos, y en ambos [a Mariano Ospina Pérez y a Guillermo León Valencia] con el desenlace incómodo de entregar el poder al partido contrario. En ambos fue lúcido, sobrio y distante, y conciliador de buenos modos, pero de mano dura cuando le pareció eficaz. Lo que no se le pudo pasar siquiera por la mente es que la perversión de su fórmula maestra del Frente Nacional sería el origen de la despolitización del país, la dispersión de los partidos, la disolución moral, la corrupción estatal, en medio de la rebatiña de un botón compartido por una clase política desaforada. Es decir: el cataclismo ético que en este año de espantos de 1997 está desbaratando a la nación.”

 

Fue, en la apariencia, un humilde periodista que llegó por azares del destino a controlar la historia de su país por más de medio siglo, pero en lo más hondo de su verdad histórica, el ideólogo y ejecutor de la peor catástrofe vivida por nación suramericana alguna desde el aciago día que Simón Bolívar abandonó Santa Fe en las manos de Francisco de Paula Santander, el digno paradigma de Lleras Camargo. Porque como a Plutarco Elías Calle y Lázaro Cárdenas, importaba más la gloria que el futuro de sus repúblicas. Y para ello era necesario dar vida eterna a los partidos que les habían llevado al poder.

 

“Caí en cuenta, escribió Lucas Caballero Calderón, que la mayor preocupación de ALLC fue que no se cayera el Partido Liberal y en la defensa obstinada de esa tesis oportunista e inmoral está la clave de todos sus claroscuros y claudicaciones. Lo que importa no es que la sal se corrompa sino que el rebaño se acostumbre a ella. Por eso calló en la segunda administración de López Pumarejo, por eso fue alcahueta de los negocios familiares del segundo, cuando la indignación nacional amenazaba dar en tierra con el Mandato Claro de López Michelsen. Pero hubo una excepción. En 1946, cuando para evitar que un liberal de su generación llegara al poder antes que él, privó su vanidad y se olvidó del partido.”  

 

Fue entonces, cuando poniendo en práctica algunas de sus creencias contra la literatura y en especial contra la poesía, cuando los ministerios de educación abolieron la lírica y la historia patria de sus exigencias curriculares. El gran intérprete sería su ministro Jaime Posada Díaz, promotor del Plan Atcon[5], actual presidente de la Real Academia Colombiana de la Lengua, por cuya culpa están allí literatos de la talla de Piedad Bonnet, Carlos José Reyes, Darío Jaramillo Agudelo, Rogelio Echavarría, Ignacio Chaves, Maruja Viera, etc. Durante el primer gobierno del Frente Nacional comenzaron a desaparecer los textos de enseñanza de la literatura y la lengua donde la médula era el texto mismo. Como Rafael Uribe Uribe [véase Liberalismo y poesía, en Zona, Bogotá, abril 9, 1986], Lleras Camargo y su ministro creían que la poesía era una de las causales de la violencia y  la ausencia de progreso.

 

 La década que se inició con los estudiantes de París pidiendo lo imposible fue también la era de los disturbios y el radicalismo juvenil en toda América, una crítica sin cuartel contra todo tipo de dominación, practicada con alegría y cólera. El crecimiento del alistamiento universitario convirtió a los estudiantes en una influencia incontenible cargada de un cosmopolitismo nunca antes visto. Es entonces cuando todo el mundo cae en cuenta que las sociedades latinoamericanas se habían urbanizado y que cientos de miles de campesinos emprendían cada día el abandono de sus parcelas para engrosar los cinturones de miseria de las capitales y centros de poder. Rulfo, Borges, Cortázar, García Márquez,  Vargas Llosa, Cabrera Infante, Onetti, Ferreira Gullar y Octavio Paz certificaban que por vez primera los latinoamericanos éramos contemporáneos de todos los hombres, demostrando que, como nunca antes, pero desde Rubén Darío, teníamos una identidad continental que se expresaba en la poesía. Los más bellos libros de entonces no fueron otra cosa ni tuvieron otro tono.

 

 En Colombia ya había sucedido una rebelión juvenil, pero no de la mano de las nuevas fuerzas sociales, los partidos proscritos o los campesinos desplazados y sus cientos de miles de muertos. El establecimiento, para Mayo de 1968, hacía ya una década promovía, mientras bombardeaba los campos, incrementaba la burocracia, aceitaba la corrupción de jueces y gobernantes, ignoraba la tortura y el asesinato de los activistas del guerrerismo castrista y maoísta, una secta llamada El Nadaísmo, que no sólo había suplantado el protagonismo de los radicales del MRL y Mito, sino que era la más viva expresión y anuncio de lo que estaba naciendo: el basilisco del narcotráfico.

 

“Solidarios con Fidel Castro en el caso Padilla –ha escrito JG Cobo Borda- los nadaístas vieron cómo su propósito de oxigenar el ámbito cultural contrastaba con el papel ciertamente anacrónico que el poeta continuaba desempeñando en medio de un país que se expandía en forma desordenada, y crecía desquiciando de paso todas sus estructuras a una velocidad mucho mayor que aquella con la cual el ingenio del grupo, en tantos casos convertido en simple bufonería, intentaba encarnarla. Camilo Torres moría en la guerrilla, que actualizaba sus métodos de lucha secuestrando el cuerpo diplomático o bombardeando el palacio presidencial. Ningún nadaísta, bajo los efectos de las drogas que convirtieron en parte de su arsenal subversivo, pudo haber previsto semejante delirio. La moral se relajó, liberalizándose; cuatro o cinco grandes compañías financieras concentraron el capital disponible y la marihuana dejó de ser un fruto prohibido para convertirse en la mayor fuente de divisas. Después de su caída la cocaína continúa manteniendo una economía subterránea paralela a la oficial y en muchos casos más rica.

Todo lo anterior lo escribo pensando que los nadaístas prestaron una atención casi exclusiva a la actualidad más inmediata, lo cual contribuyó a rebajar su afán creativo. Prefirieron la atracción de la noticia a la ascesis distanciada que implica la poesía.”

 

Es en medio de todo este batiburrillo cuando surgen los escritores que aquí consideramos miembros de una Generación Desencantada, poetas, narradores, ensayistas y dramaturgos cuyo signo fue la desconfianza respecto de tantas voces y aplausos, y la búsqueda, afanosa, de unas tradiciones donde asistirse, luego de la iconoclasia y borrón y cuenta nueva que habían prohijado de la mano de los Nadaístas los Frentenacionalistas. En 1968, cuando todo cambiaba en el mundo y en Colombia el gobierno de Carlos Lleras Restrepo consumaba la destrucción de la vieja universidad liberal y la educación laica, como dos astros solitarios en el firmamento de la lengua aparecieron Cien años de soledad y Los poemas de la ofensa,  la más bella demostración de que ninguno de los enemigos del hombre, en estas tierras, había podido vencer el arte de la literatura y su máxima expresión: La poesía.

 

 Un regreso por las tradiciones de la lengua, tratando de salvar del naufragio el arte viejo de escribir bien, son sin duda las obras que publicarían a partir de entonces, con tonos que parecieran borrar el cinismo y las ironías de la banda nadaísta, nostálgicos y desencantados, Antonio Caballero, [Sin remedio, 1984], Elkin Restrepo, [La sombra de otros lugares, 1973], Fernando Vallejo, [Los días azules, 1985], Giovanni Quessep, [Duración y leyenda, 1972], Gustavo Álvarez Gardeazábal, [Cóndores no entierran todos los días, 1971], JG Cobo Borda, [Consejos para sobrevivir, 1974], José Manuel Arango, [Este lugar de la noche, 1973], Luís Fayad, [Los parientes de Ester, 1978], María Mercedes Carranza, [Vainas y otros poemas, 1970] y Marvel Moreno, [Algo tan feo en la vida de una señora bien, 1980].

 

 Libros entramados con unos lenguajes nada enfáticos, surgidos de las lecturas de los maestros de la propia lengua, o de las aficiones a tonos y voces de otros ámbitos lingüísticos frecuentados ya sin las rémoras de la traducción literal, buscando siempre lo que ocultan las evidencias del sentido, rompiendo así con los facilismos de las ideologías y consignas de la moda, sin dejar de documentar un mundo cuyo mayor testimonio es la biografía de poeta Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard, escrita por el periodista Antonio Caballero con una mirada agobiada por las luces de neón, el polvo de una ciudad en permanente destrucción, los ruidos incansables del diario martilleo de las nuevas edificaciones, los buses municipales atosigados de voces y canciones altisonantes, los robos, los atracos, las violaciones, la ruina de un mundo que se derrumba cada noche y se levanta muerto de miedo, otra vez, cada día.

 

Un mundo, el de los años del Frente Nacional, sin remedio.

 

Un mundo que retrató con su deslumbrante inteligencia Jorge Gaitán Durán en La revolución invisible de 1959:

«No podría esperarse otra cosa de un ambiente en donde para hacer carrera hay necesidad de cumplir inexorablemente ciertos requisitos de servilismo, adulación e hipocresía y donde ingenuamente las gentes confunden estos trámites, esta ascensión exacta y previsible, con la política. Sin duda el fenómeno del arribismo se produce en todas partes y no sólo en el ajetreo electoral, sino también en la vida económica y en la vida cultural, pero aquí ha tomado en los últimos tiempos características exacerbadas y mórbidas, cuyo estudio sería interesante y tendría quizás que empezar por la influencia que la aguda crisis de estructura del país y consiguientemente de los partidos políticos ejerce sobre el trato social, sobre la comunicación en la existencia cotidiana. Resulta significativa la frase que un político de las nuevas generaciones usa a menudo: Voy a cometer mi acto diario de abyección, fórmula que exhibe la decisión -en otros casos furtivamente de obtener a todo trance un puesto de ministro, de parlamentario, de orientador de la opinión pública, en fin, de ser alguien, de parecer. Su humor es una coartada; intenta cubrir el desarrollo ético con el confort ambiguo y efímero del lenguaje. Se trata de un sorelismo ciego y satisfecho, cuyos objetivos dependen de algún destino ajeno e imperial. El oportunismo de Julián Sorel es lúcido, torturado, solitario y más eficaz a la larga. En nuestra América el héroe empeñoso de Rojo y Negro hubiera llegado a ser presidente de la república.»

 

[1] Alberto Rodríguez Cifuentes (Cartago, 1939-1976), conocido como El Nadaísta de Cartago, hizo estudios en una escuela nocturna y profesó por algún tiempo como estudiante de derecho en la Universidad Santiago de Cali. Bohemio y dipsómano, sufrió del complejo de Edipo con su madre Manuela Cifuentes. Discípulo de Bonifacio Terán Galindo, cáustico contertulio del Café Colombia en el centro de Cali, hizo parte del grupo que fundó Ciudad Solar, un lugar de convergencia de los artistas de mediados los años sesentas. Rodríguez se suicidó ingiriendo tapetusa [alcohol de lámpara mezclado con gaseosa] abrazado a un retrato de José Asunción Silva. Publicó Nunca habrá otro silencio (1967) con el patrocinio de los hermanos Álvaro y Armando Holguín Sarria y Los días como rostros (1973) con la colaboración de Álvaro Escobar Navia, entonces rector de la Universidad del Valle y Hernando Guerrero. Dejó inédito un libro de cuentos titulado Ocean Bar. Véase El Pais: “Hablemos de otra cosa, menos de poesía”, una entrevista con Alberto Rodríguez Cifuentes, Cali, marzo 10 de 1974. El Pueblo: Falleció el poeta Alberto Rodríguez, Cali, 26 de mayo de 1976. Fernando Cruz Kronly: Alberto Rodríguez, El semanario de El Pueblo, Cali, marzo 18 de 1980. Herbert Chamat: El nadaísta de Cartago, El Pueblo, Cali, junio 2 de 1976. Ramiro Madrid: El nadaísta de Cartago, Cali, agosto de 2002, inédito. Umberto Valverde: Un poeta ha muerto, El Pueblo, Cali, 28 de mayo de 1976.

  ¿En dónde estás Anadiómena triste?

 ¿En dónde estás, Anadiómena triste,
        en qué mar de corales asombrados
        o entre qué teleósteos sin su sombra
        se ha ocultado tu pálida ternura?
        Pues cuando el tiempo parte la naranja
        donde dormita el ámbar de los días -
        tú cruzas por mi ser como algún ala
        o un rumor de hojas secas en el viento.
        ¿Cuándo tu nombre, zumo entre mis labios,
        endulzará de nuevo mis sentidos?
        ¿Y qué de las promesas que no fueron,
        vencidas por clepsidras y fronteras?
        ¿En dónde estás, Anadiómena triste,
        en dónde tu estatura sin ceniza?
        He devastado un bosque de almanaques
        esperando un Febrero de retornos.
 
        Algo sobre la muerte
        La muerte está fumando en mi aposento,
        la muerte esta zurciendo mi camisa,
        la muerte esta mareada de la risa
        al verse despeinada por el viento.
        La muerte viste su color violento
        y se ajusta sus medias de ir a misa.
        La muerte está esperándome sin prisa
        con un reloj por único armamento.
        La muerte vive aguantándome mi vino
        y hurgándome la paz del intestino
        sentada sin permiso ante mi mesa.
        La muerte se ha comido mi retrato,
        le ha ganado ya seis vidas al gato
        y a mi tres días la tahuresa.

[2] Armando Orozco Tovar [Bogotá, 1943], licenciado en periodismo por la Universidad de La Habana, se ha desempeñado como pintor, catedrático, periodista, conferencista y coordinador de los Talleres de Poesía de la Casa Silva. Desde 1993, coordina el Taller de Cuento de la Universidad Externado de Colombia. Algunos de sus libros son Asumir el tiempo (1980); Las cosas en su sitio (1983); Eso es todo (1986); En lo alto del instante (1990); Para llamar a las sombras (1994) y Visiones (1999).

 Golpes

 Le desgarraron la piel
        como quien quita
        la corteza a un árbol
        la cáscara a la fruta.
 
        Dejaron su jugo
        a la intemperie
        la fibra de sus tendones
        al pico hambriento de los pájaros.
 
        Nadie-ni él mismo-
        salió a defenderlo.
 
        Fue la soledad del dolor
        la nada de un loco sin luna
        ansiado por los insectos.
 
        ¿Cuántos fueron los golpes recibidos?
 
        ¿Porque a quién se le ocurre
        llamarse profeta, enviado hijo de Dios,
        en tiempo de bárbaros?
 
        ¿Y a quién poeta?

[3] Lecturas Dominicales de El Tiempo, Bogotá, 3 de diciembre de 1967.

[4] El Siglo XX comenzó a morir en América Latina en diciembre de 1959 cuando Fidel Castro entró en La Habana y la capital de Brasil se trasladó a Brasilia. Un arquitecto comunista había creado la ciudad del futuro. La revolución fue la obsesión de los años por venir, todo debía ser subvertido. En 1968 el movimiento estudiantil era reprimido violentamente en todo el continente  y el 11 de septiembre de 1973 Salvador Allende moría en La Moneda. Ernesto Guevara había sido asesinado en 1967 y Camilo Torres moría ese mismo año. Son no obstante los años del auge de las editoriales como Era, Mortiz, Lozada, Eudeba, y en sólo el año 1971 hubo en Colombia cerca de un centenar de protestas estudiantiles. El rostro de las ciudades fue cambiando definitivamente. Pedro Ramírez Vázquez creó el Museo Nacional de Antropología mientras Rogelio Salmona levantaba sus Torres del Parque cambiando para siempre el rostro del centro de Bogotá. Julio Cortázar publica Rayuela, Octavio Paz afirma que: “Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres”. A partir de 1967 nadie puede olvidar el momento exacto en que leyó por primera vez esta frase: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. 1968, el año que lo cambio todo.

[5] Rudolph  P.  Atcon, asesor del gobierno norteamericano para América Latina desde el Departamento de Estado, OEA y  ONU, diseñó el modelo educativo conocido como  Plan Básico o “Plan Atcon” (1960 y 1970) con equivalentes como "Plan Karachi", en Asia (1959-60), y  "Plan Addis Abeba", en África, (1960-61). Un plan de reformas que incluyó la privatización, el alza de matriculas, la represión al estudiantado y al profesorado. Se redujeron los aportes del estado, y el número de años de estudio -para producir mano de obra rápidamente por medio de carreras “cortas”, educación a distancia, flexibilización de programas y la creación de Universidades para poner en marcha el “Plan Básico” que consistió en: Disminuir la importancia de las humanidades, las ciencias sociales y toda materia que sirviera para analizar críticamente la sociedad, a cambio de un programa de orientación tecnocrática y pragmática. La idea fue “convertir” la Universidad Pública en una institución de formación tecnológica, para lo cual debía elevarse a status de científico y profesional las áreas tecnológicas. Se promovió entonces la educación tecnológica de 1 a 3 años, y la proliferaron los Institutos Politécnicos y Colegios Universitarios. En Colombia, tanto en las universidades, como en los colegios y escuelas, se abolió la historia nacional y la lectura de textos literarios y se combatió la memorización de textos poéticos y políticos, considerando que tanto uno como otra fomentaban la violencia social. Implementado en los años sesentas por el gobierno de Lleras Camargo pero combatido durante el gobierno de Lleras Restrepo, la radicalización de estudiantes y profesores contra el Plan Básico y los Cuerpos de Paz lograron el cese como ministro de educación de Octavio Arismendi Posada, miembro del Opus Dei, a lo cual el gobierno respondió con la disolución de la Federación Universitaria Nacional, la prestigiosa FUN de los años de agitación del Padre Camilo Torres y su Frente Unido. Las luchas estudiantiles de 1971 se concentraron contra el Plan Atcon. El gobierno en cabeza de su ministro de educación Luís Carlos Galán cerró 11 universidades declarando el Estado de Sitio. Galán fue el principal ideólogo de la Contrarreforma universitaria que Misael Pastrana Borrero anunció el 4 de mayo de 1971.

Harold Alvarado Tenorio

Bibliografía